Últimamente he notado algo incómodo en mi forma de prestar atención.
Ya no puedo simplemente ver una serie sin hacer otra cosa al mismo tiempo. Cuando hablo con alguien, a menudo hay una parte de mí que quiere acelerarlo, como acelero un pódcast o un video. Incluso en momentos que deberían sentirse sencillos y completos, siento el impulso de ir más rápido, cambiar de tarea o sumar otra capa de estímulos.
Ese impulso es más que un hábito. Revela un cambio más profundo en cómo funciona la atención en un mundo diseñado para la interrupción constante.
La atención es la columna vertebral de toda tarea cognitiva. Determina qué llega a la conciencia, qué se codifica en la memoria y qué se traslada al pensamiento y a la acción. La investigación en psicología ha demostrado desde hace tiempo que la atención es limitada, selectiva y que dividirla tiene un costo (Rubinstein, Meyer y Evans, 2001; American Psychological Association, 2006).
La atención tiene límites
Uno de los hallazgos más claros de la psicología cognitiva es que la atención no puede abarcarlo todo a la vez. En sus estudios clásicos sobre el cambio de tarea, Rubinstein, Meyer y Evans demostraron que alternar entre tareas tiene un costo medible en tiempo y precisión (Rubinstein, Meyer y Evans, 2001).
Esto importa porque lo que solemos llamar multitarea casi nunca es multitarea real: es alternar rápidamente. Y cada cambio tiene un costo cognitivo. En la vida diaria, se ve como responder un mensaje mientras vemos una serie a medias, o escuchar a alguien mientras una parte de la mente ya va por delante. Puede parecer normal, pero a nivel cognitivo vuelve el pensamiento más superficial y menos estable (American Psychological Association, 2006).
La memoria empieza por la atención
La atención es también la puerta de entrada a la memoria. Si no prestamos atención a algo desde el principio, es mucho menos probable que lo recordemos después. Los estudios sobre atención dividida muestran que las distracciones durante la codificación debilitan la formación de recuerdos, lo que explica por qué leer mientras revisamos el teléfono a menudo no deja casi nada (Craik et al., 1996).
Esta es una de las razones por las que la atención importa tanto. No se trata solo de estar presente. Se trata de si la información llega a consolidarse lo suficiente como para almacenarse, recuperarse y usarse más adelante.
La tecnología cambia las condiciones
Lo que ha cambiado en los últimos años es el entorno en el que opera la atención. Hoy vivimos con acceso instantáneo a respuestas, un flujo constante de entretenimiento y herramientas que nos permiten comprimir el propio tiempo. Podemos acelerar audios, saltar de una aplicación a otra y recibir respuesta inmediata a casi todo lo que hacemos.
Esa velocidad moldea nuestras expectativas. Una conversación, una serie, una clase e incluso un pensamiento pueden empezar a parecer demasiado lentos. La investigación sobre la distracción digital sugiere que este entorno dificulta mantener la concentración. Según los estudios de Gloria Mark, de la Universidad de California en Irvine, tras una interrupción pueden pasar unos 23 minutos hasta retomar por completo la tarea original (Mark, 2023).
Al mismo tiempo, un número creciente de estudios relaciona la multitarea con medios digitales con diferencias en la atención y la memoria de trabajo. Un estudio encontró que un mayor nivel de multitarea mediática se asociaba con un peor rendimiento de la memoria de trabajo y una mayor impulsividad atencional (Uncapher et al., 2016). Los resultados aún no son concluyentes, pero el patrón que sugieren merece tomarse en serio: cuanto más se reparte la atención entre distintas fuentes, más difícil resulta un procesamiento profundo.
Atención parcial continua
Así es como se vuelve la norma lo que la escritora y exejecutiva tecnológica Linda Stone llamó “atención parcial continua”.
Una serie de televisión ya no es solo una serie. Es el ruido de fondo mientras escribimos mensajes, respondemos correos o pagamos cuentas. Una conversación ya no es solo una conversación. Compite con el impulso de acelerar, resumir o pasar a otra cosa. Siempre estamos haciendo un poco de todo, pero rara vez le damos a una sola cosa toda nuestra atención.
Esto importa porque la atención no es solo una cuestión de productividad. Determina la calidad de nuestra experiencia. Cuando la atención se dispersa, la comprensión disminuye, la memoria se debilita y el pensamiento se vuelve más reactivo que reflexivo.
Esto va mucho más allá de la vida cotidiana. En terapia, la atención suele ser la habilidad que hace posible cualquier otro objetivo. Un paciente que se recupera de un accidente cerebrovascular (ACV) puede conocer cada paso para preparar un sándwich y, aun así, perder el hilo cuando suena el teléfono o alguien entra a la cocina. Un buen planteamiento de objetivos terapéuticos empieza por detectar esos momentos; a partir de ahí, la planificación de la intervención puede desarrollar la concentración de forma gradual, con herramientas de rehabilitación cognitiva que comienzan con tareas breves y estructuradas y van añadiendo duración y distractores poco a poco. Lo mismo ocurre del lado del profesional: la toma de decisiones clínicas solo es tan buena como la atención que la sostiene, sobre todo bajo presión. Al final, los resultados funcionales en terapia descansan sobre la misma base que todo lo demás: la capacidad de mantener la concentración, notar los cambios y quedarse con una sola cosa el tiempo suficiente para que el progreso se consolide.
Por qué importa
El peligro no es solo que estemos distraídos. Es que la distracción empiece a sentirse como el estado natural de la mente.
La investigación indica lo contrario. La atención es un recurso escaso y, cuando se divide una y otra vez, la cognición se vuelve menos precisa y menos sólida (Rubinstein, Meyer y Evans, 2001; American Psychological Association, 2006). En un mundo que premia la rapidez, la capacidad de quedarse con una sola cosa —una conversación, un pensamiento, una tarea— se ha vuelto especialmente valiosa.
Y quizá ese sea el verdadero punto: la atención no es una habilidad más entre muchas. Es la condición que hace posible pensar. A nivel personal, siempre vuelvo a la misma idea: la multitarea no siempre es el enemigo. A veces es útil, eficiente e incluso necesaria. Pero he empezado a fijarme en cuándo deja de ayudar y empieza a fragmentar mi atención. Porque el costo no se limita a errores cognitivos o a un pensamiento superficial en el trabajo. También aparece en la vida personal, de formas más silenciosas. Incluso algo tan sencillo como tomar un café con alguien se siente distinto cuando una parte de la mente sigue en otro lado: adelantándose, buscando estímulos o sin lograr instalarse del todo en el momento. En una cultura que premia constantemente la rapidez y la atención dividida, quizá proteger la atención sea, en parte, elegir de forma deliberada quedarse con una sola cosa, una conversación o una persona el tiempo suficiente para que realmente deje huella.
Sobre la autora
Elaine Wiener, OTR/L, es terapeuta ocupacional pediátrica con más de 25 años de experiencia en entornos escolares con niños de preescolar y primaria, además de experiencia en intervención temprana. Ha realizado numerosos cursos para profundizar en la integración sensorial y ha aplicado estos principios en la práctica escolar, combinando de forma intencional actividades con y sin pantalla en la sala de terapia y apoyando a los docentes con estrategias que pueden integrar en el aula. Actualmente es U.S. Website Manager y Clinical Business Development Manager en Cognishine, donde desarrolla recursos prácticos y accesibles para familias, terapeutas y educadores.
Referencias
American Psychological Association. (2006, March 20). Multitasking: Switching costs. https://www.apa.org/topics/research/multitasking
Craik, F. I. M., Govoni, R., Naveh-Benjamin, M., & Anderson, N. D. (1996). The effects of divided attention on encoding and retrieval processes in human memory. Journal of Experimental Psychology: General, 125(2), 159–180. https://doi.org/10.1037/0096-3445.125.2.159
Mark, G. (2023). Attention span: A groundbreaking way to restore balance, happiness and productivity. Hanover Square Press.
Rubinstein, J. S., Meyer, D. E., & Evans, J. E. (2001). Executive control of cognitive processes in task switching. Journal of Experimental Psychology: Human Perception and Performance, 27(4), 763–797. https://doi.org/10.1037/0096-1523.27.4.763
Uncapher, M. R., Thieu, M. K., & Wagner, A. D. (2016). Media multitasking and memory: Differences in working memory and long-term memory. Psychonomic Bulletin & Review, 23(2), 483–490. https://doi.org/10.3758/s13423-015-0907-3

